Crisis, ¡bendita seas!

Quisiera comenzar esta nota con una serie de afirmaciones que sobre la crisis hizo el brillante científico Albert Einstein.

El texto dice así:

  • No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo.
  • La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos.
  • La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
  • Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.
  • Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’.
  • Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
  • La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.
  • El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
  • Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía.
  • Sin crisis no hay méritos.
  • Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
  • Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
  • En vez de esto, trabajemos duro.
  • Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

Para comenzar creo que es conveniente analicemos el significado etimológico de la palabra crisis.

Crisis viene del griego κρίσις (krisis), cuyo verbo krinein significa separar, replantear, transformar, decidir, dudar, emprender camino, pasar malos momentos, vacilar, resolver a riesgo de equivocarse.

Es decir, crisis implica necesidad de cambio, tomar decisiones para cambiar una situación determinada y cercana en el tiempo.

Entonces, ¿por qué damos una connotación tan negativa a esta palabra?

¿Nos gusta cambiar?

En absoluto.

Nos pasamos la vida luchando para conseguir una vida tranquila, un estado de bienestar, una situación cómoda, en la cual regocijarnos y disfrutar plenamente. Una vida en la que nuestra situación no se vea alterada en exceso, y que nos aporte el placer necesario para que nos sintamos bien.

Por eso cuando se nos presenta una crisis actuamos a la defensiva porque no queremos abandonar el nido en el que nos hemos acomodado.

Es decir, nos da pereza cambiar.

Por otro lado, una crisis conlleva un periodo de análisis y reflexión profundo. Un análisis que contemple la valoración de los factores tanto externos como internos que nos han llevado o podido llevar a la situación no satisfactoria, que queremos, o mejor dicho, necesitamos cambiar. La autocrítica es necesaria para responsabilizarnos de nuestros actos, de nuestras decisiones, y por tanto continuar siendo consecuentes. Y para ello es necesario que contemos con las dosis suficientes de humildad y autoestima: humildad para reconocer sin miedo ni vergüenza nuestros errores; y autoestima para levantarnos con fuerza y provocar el cambio deseado.

Esta evaluación de nuestro yo personal debe llegar hasta las entrañas de nuestro corazón, y por ello probablemente nos hará sufrir, pues de toda esta maraña deberemos identificar:

    1. Aquello que no nos gusta y forma parte de nosotros, lo cual deberemos de aceptar e intentar minimizar si es posible.
    2. Aquello que se ha instalado en nosotros circunstancialmente y no forma parte de nosotros, de nuestra forma de ser y de actuar, aquello que debido a las circunstancias acaecidas se ha instalado en nosotros y deberemos desprendernos de él.
    3. Y aquello que nos gusta de nosotros mismos, y que podemos seguir aprovechando, o mejor aún, potenciando al máximo.

Este análisis conlleva también un gran desgaste de energía, física y emocional, de ahí que huyamos normalmente por la dirección más fácil, hacia fuera, es decir, mirando en el exterior las causas que realmente se encuentran en nuestro interior.

Hasta el momento hemos visto que el cambio implica análisis, desgaste, sufrimiento, pero también miedo.

Desde siempre la incertidumbre nos causa temor, pues todo cambio puede dar lugar a una situación más o menos deseada, si bien no deberíamos olvidarnos y ser conscientes que la situación actual no la deseamos, y tenemos que cambiarla.

Si pudiéramos hacer un análisis de todas las experiencias que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, y analizáramos cada una de las decisiones tomadas, nos sorprenderíamos al ver que la mayoría de las veces nuestras decisiones no eran tan complicadas como en un principio pensábamos, y que el resultado obtenido normalmente ha sido satisfactorio. Entonces, ¿por qué cuesta tanto tomar decisiones? Porque nos cuesta hacernos responsables de nuestros actos, sobre todo de aquellos que implican un cierto esfuerzo y que conlleva cierto riesgo, es decir, nos cuesta comportarnos como personas maduras que toman decisiones de manera consecuente.

Por lo tanto para afrontar una crisis necesitamos:

  • Determinación y deseo de cambiar, pues si no estamos convencidos, concienciados de la necesidad de cambio, no hay nada que hacer.
  • Superar y controlar las emociones que siempre nos acompañan en momentos como estos: miedo, desconsuelo, sufrimiento, incomprensión, impaciencia…
  • Fuerza y constancia en nuestros actos tras el primer paso dado, para que todo nuestro esfuerzo no se venga abajo en momentos de debilidad.
  • Esperanza y buena actitud para obtener los resultados deseados.

Y para terminar quisiera compartir un chiste que he tomado prestado de Internet.

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